Si un joven asalariado en España quiere salir de su hogar parental, debe destinar, de media, el 92,3% de su sueldo para vivir solo en un piso alquilado. También puede apartar un 64,1% de sus ganancias del mes para adquirir una vivienda en propiedad. Eso sin contar la entrada a la hipoteca para la que hace falta, en promedio, un ahorro igual a 4,2 veces su sueldo anual. Ambas opciones, arrendamiento y compra, superan con creces el umbral de esfuerzo recomendado del 30% —el porcentaje máximo de ingresos que un hogar debe desviar al pago de la casa para mantener unas condiciones asequibles, según la Ley de Vivienda— y sin importar a qué rincón del país se mude, es probable que se encuentre con una situación similar. A finales del año pasado no existía una comunidad autónoma en la que un joven con un salario medio pudiese acceder a una vivienda a precio de mercado sin caer en el sobreesfuerzo, según datos de la última entrega del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España (CJE).

En este panorama adverso, el porcentaje de jóvenes de entre 16 y 29 años que logró salir de su hogar de origen durante en el segundo semestre de 2024 se situó en el 15,2%, la cifra más baja registrada en un periodo equivalente desde el 2006, año de la primera edición del informe del CJE presentado este martes. Este retroceso implicó que 102.203 personas jóvenes menos vivieran fuera de la casa familiar y supuso un descenso interanual de 1,86 puntos porcentuales, aunque el porcentaje repuntó un poco respecto a los datos que había arrojado el primer semestre (que marca el suelo de la estadística). La caída de los niveles de emancipación en 2024 resulta especialmente llamativa si se tiene en cuenta que se produjo en un contexto de resultados positivos para el empleo juvenil: la tasa de desempleo en este grupo etario alcanzó su mínimo desde 2007 y su salario mediano creció en torno a un 11%.