El trabajo contemporáneo, que no permite el acceso a la vivienda, convierte a los empleados en siervos
Petra Echaide, mi abuela, nunca fue propietaria, vivió toda su vida de alquiler. En cambio, sí tuvo un hogar. Yo crecí subiendo las escaleras de un quinto piso sin ascensor donde cabía toda mi familia y donde nadie era dueño. Una mujer sin bienes me enseñó que una casa no es otra cosa que un lugar donde volver. Que la vida es salir al exterior, relacionarse, desear, arriesgar. Y que precisamente por eso requiere un regreso, una cocina, una abuela que te espere. Estos días, los banqueros celebran que en España la firma de hipotecas ha alcanzado la cifra más alta en 15 años. Y, sin embargo, si Petra Echaide levantara la cabeza podría explicarles que, en este país, tener una hipoteca no garantiza tener un hogar. Que en España la inmensa mayoría vive sin sentirse a resguardo cuando está en su propia casa.
Tener casa o techo u hogar es no tener sensación de intemperie. Pero en el peor de los mundos, que es este, tener una casa puede convertirse también en una terrible amenaza. Por ejemplo, un apartamento de 40 metros cuadrados en propiedad donde no cabe el segundo hijo que una pareja está esperando no es casa, es intemperie. Una casa en la que no entran tus cuatro mejores amigos sentados en una mesa con sus cuatro sillas porque para meter las sillas habría que echar a los amigos es también una forma de amenaza. Sin el espacio mínimo para vivir podemos hablar de hipotecas y de euríbor, pero no de una casa para vivir. Del mismo modo que por mucho espacio que haya, si la casa está tan lejos del trabajo, el colegio o la plaza pública que una vive en perpetuo traslado, el supuesto hogar se convierte en una forma de expulsión. La distancia es a veces el tiempo que restas a la posibilidad de estar en casa.






