Los buenos resultados de la empresa no tienen reflejo en Bolsa. Los inversores temen que el crecimiento se frene, mientras los artistas se quejan de un sistema de pago que consideran rácano
Spotify arrancó el año con un movimiento de calado. El 1 de enero, su histórico consejero delegado, el sueco Daniel Elk, dejaba su puesto para pasar a ser presidente de la compañía. El puesto de mando ejecutivo lo ocupan ahora los anteriores copresidentes, Alex Norström y Gustav Söderström. El relevo llega en un momento delicado, algunos dirían que incluso paradójico, para el gigante de la música en streaming. Y es que la maquinaria del negocio sigue bien engrasada, pero el mercado desconfía de que pueda seguir avanzando al ritmo actual a medio y largo plazo.
El pasado curso, Spotify generó ingresos por valor de 17.186 millones de euros, un 8,2% más que en el ejercicio 2024. Por su parte, el beneficio atribuido prácticamente se multiplicó por dos para situarse en 2.212 millones. Estos números vinieron además acompañados por cifras récord de clientes: 751 millones de usuarios activos al cierre del cuarto trimestre de 2025 y 290 millones de suscriptores premium. Sin embargo, esta brillante hoja de servicios, que superó el pasado año los objetivos que se había marcado la compañía, no tiene reflejo en la cotización. Las acciones de Spotify tocaron su máximo histórico el pasado 25 de junio (775 euros) y, desde entonces, acumulan una caída del 40%, situando esta semana la capitalización bursátil en 94.341 millones de dólares.






