El gigante del ‘streaming’ celebra la diversidad mientras su algoritmo premia la homogeneización, fomenta la música hecha por IA e incluye anuncios del ICE (a la vez que un artista latino lidera las escuchas)
Ya es algo habitual: cada diciembre reaparece el Wrapped de Spotify , o sea, ese resumen que la plataforma ofrece a cada usuario con su música más escuchada del año, llena de datos y conclusiones, como si fuese un evento cultural inevitable, un ritual colectivo que nos dice quiénes hemos sido (musicalmente) durante el año. Y, sin embargo, cada vez que lo veo desfilar por mi feed, experimento la misma sensación: ¿celebramos la música o estamos festejando que una plataforma nos haya vigilado durante 365 días y ahora nos maquete una presentación adorable con todos esos datos?
Lo llaman coloquialmente “mi resumen anual”, pero en realidad, es el suyo. Es un informe elaborado a partir de meses de seguimiento minucioso, empaquetado en gráficos animados que funcionan como distractores visuales. ¿Minutos escuchados? ¿Artistas del año? ¿Horas pasadas dentro de playlists sin principio ni fin? Todo parece alegría, compadreo, una fiesta dedicada a la vanidad musical, pero en realidad esconde otra forma de disciplinarnos: cuanto más creamos que nuestra vida cabe en uno de esos dashboards, menos preguntas haremos sobre quién decide qué y cómo escuchamos.














