Barroco a lo grande, mosaicos bizantinos, cúpulas árabes, palacios, mercados callejeros, barrios recuperados, locales a la última, buena comida… ¿Se puede pedir más para un plan mediterráneo?
La capital siciliana puede convertirse en una escapada perfecta de fin de semana, incluso en pleno invierno. Palermo ha sido un cruce de culturas<...
/a> durante milenios y el resultado es sorprendente: mosaicos bizantinos, cúpulas árabes, frescos barrocos, palacios góticos y evocaciones españolas por todas partes. Mucho por descubrir en dos, tres días (o los que se puedan sumar). Si añadimos la gastronomía, que aquí es magnífica, los animados mercados y sus plazas soleadas, el resultado es una mezcla de lo más interesante, donde la elegancia y la opulencia conviven perfectamente con los ambientes más populares y genuinamente sicilianos.
Al planificar un viaje a Sicilia, siempre se incluye Palermo. Es inevitable: es la capital y la puerta de entrada a la isla italiana. Pero la ciudad es también, cada vez más, un destino por sí mismo, interesante para dedicarle un viaje en exclusiva.
Aquí se concentran buena parte de los encantos de la isla. Lo mismo nos encontramos mosaicos dorados que brillan en el palacio de recreo de un rey normando del siglo XI como unas fuentes de estilo dubaití en un puerto deportivo del siglo XXI. Y muy cerca, es posible encontrar humildes caldereros que todavía fabrican ollas en un taller clandestino de Ballarò o saciar nuestra curiosidad sobre la mafia siciliana en un museo. Palermo es ruidosa, caótica e incluso sucia en algunos rincones, pero tiene 3.000 años de antigüedad y solo por eso es imprescindible conocerla. Nació como un enclave comercial fenicio en una tranquila bahía rodeada por una fértil llanura (Conca d’Oro), y después pasaron por aquí los árabes, los griegos, los normandos… y los españoles. De ahí la mezcla arquitectónica, las sorpresas artísticas que aguardan en cada rincón e incluso el encanto tan genuinamente siciliano de sus caóticas calles.






