La esquiadora de Colorado, 30 años, estrena su casillero en los Dolomitas y conquista su tercer oro olímpico tras el desastre de Pekín 2022

Brilla el sol tras la ventisca en las Tofane, montañas de los Dolomitas en las que Lindsey Vonn, aún adolescente, subió a su primer podio internacional allá por 2004, y Mikaela Shiffrin, la otra gran leyenda estadounidense del esquí alpino, disciplina en la que ostenta 108 victorias en la Copa del Mundo, más que ningún otro deportista, hombre o mujer, sonríe al fin tras conquistar otro oro olímpico, el tercero de su carrera, esta vez en el eslalon individual. A punto de cumplir los 31, la de Colorado se sabía favorita en el eslalon, su última oportunidad de medalla en unos Juegos Olímpicos en los que ya había desperdiciado dos balas: primero, con Breezy Johnson en el eslalon por equipos, donde terminó a seis centésimas del bronce; y solo unos días después, en el gigante, donde concluyó undécima, lejos del oro de Federica Brignone que también fue suyo en Pieonchang 2018.

“No quiero poner excusas. Estaba preparada y no me ha salido el día, así que si quiero mejorar tendré que aprender de mis errores”, dijo Shiffrin, tan respetuosa siempre como preocupada por dejar un poso que trascienda a los simples resultados. “Estar aquí ya es un privilegio”, explica desde lo más alto de los Alpes; “pero lo que de verdad me interesa es competir representando mis valores, es decir, ser amable con la gente y tratar de fomentar siempre la inclusión, la diversidad y la igualdad de género en este deporte”.