Nuestro cerebro nos ayuda a descifrar mensajes sin lógica aparente. Si no vemos lógico un mensaje literal, buscamos otro figurado. Cuando falla el significado, buscamos el sentido
Una crónica de mi compañera María Martín desde Bogotá publicada el 27 de enero incluyó un recurso estilístico muy interesante. El texto se refería al cura guerrillero colombiano
-colombia.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/america-colombia/2026-01-25/el-hallazgo-del-cuerpo-de-camilo-torres-revive-una-de-las-fibras-mas-sensibles-del-conflicto-en-colombia.html" data-link-track-dtm="">Camilo Torres, fallecido en 1966 a los 37 años, cuyos restos mortales habían sido recuperados días antes por un grupo de antropólogos forenses; y contaba que su féretro se depositaría con honores en el campus de la Universidad Nacional de Colombia, donde él había compartido pasillos con jóvenes escritores y periodistas, “entre ellos Gabriel García Márquez cuando todavía no era García Márquez”.
He ahí la pirueta brillante: ¿Podía García Márquez no ser aún García Márquez? Podía. Paradójicamente, entendemos como veraz algo que se afirma y se niega a la vez.
El primer “García Márquez” de la frase y el segundo son la misma persona, y no cabría sostener científicamente que el primero aún no era García Márquez, porque desde bebé ya era García Márquez; y sin embargo el segundo García Márquez no es el mismo que el primero porque reúne ya unas características que lo convierten en un García Márquez distinto, en el García Márquez por antonomasia; y los lectores habrán entendido eso: los apellidos del joven García Márquez no significaban entonces nada ni para el mundo ni para aquellos pasillos, mientras que luego existirá otro García Márquez cuya sola mención evoca unos rasgos conocidos globalmente: novelista de éxito mundial, maestro de reporteros, premio Nobel…; peculiaridades de las que carecía el primero.






