Las decisiones empezaron a tomarse el lunes, pero el martes se desencadenó la tormenta con la renuncia inesperada de tres diputados populares
Isabel Díaz Ayuso vive su mayor crisis interna desde que es presidenta a cuenta de la colisión entre dos facciones dentro de su Gobierno que durante algo más de dos años habían convivido en paz. El choque venía anticipándose desde hace tiempo, pero nadie lo imaginaba de esta magnitud. Los pocholos, unos jóvenes preparados pero con poca experiencia, llamados así con ironía en los pasillos por sus pintas de niños pijos, estaban hasta ahora al mando de Educación, una de las consejerías más importantes de Madrid. Seguían los consejos de un personaje extravagante, Antonio Castillo Algarra, un dramaturgo y gurú que asesoraba a Ayuso sobre colegios y universidades. Los veteranos han convencido esta semana a la presidenta de que era un error y que debía devolver esta cuota clave de poder al ala más dura del PP.
La crisis comenzó a fraguarse el lunes. Cuando ya era de noche en Madrid, el Gobierno anunció por sorpresa la destitución del consejero de Educación, Emilio Viciana. Hacía tiempo que Ayuso estaba descontenta con él. Viciana le había prometido que a principios de este año sacaría adelante la ley de educación superior (Lesuc), pero los rectores de las universidades públicas no tenían la más mínima intención de apoyarla después de leer el borrador. Para Ayuso, este tema era central en su mandato. Su fracaso la irritó tanto que no vio otra salida que fulminar a Viciana, al que se le acumulaban unos cuantos desencuentros con el núcleo duro del Gobierno. En las siguientes horas, las destituciones y las renuncias en el entorno de Viciana se sucedieron en cascada.






