Las familias retenidas denuncian que la falta de asistencia médica adecuada pone a los menores al borde de la muerte

El año pasado, Habiba Soliman debía haber entrado en la universidad para lograr su sueño de estudiar medicina en Harvard. Después de haberse graduado con honores en su escuela secundaria de Colorado Springs, donde vivía con su familia, sus aspiraciones llevaban camino de cumplirse. Ahora su mundo se ha derrumbado. “He perdido mis sueños, mis amigos, mi casa. Mi familia es lo único que me quedaba, así que perderlos también hace que mi vida ya no tenga sentido”, afirma esta joven de origen egipcio desde el centro de detención para familias migrantes de Dilley, en Texas. Habiba llegó allí con su madre y sus cuatro hermanos en junio, pero en enero, cuando creía que nada podía empeorar su situación, la separaron de su familia y la trasladaron a otra sección del centro. Habiba y su abogado creen que es una represalia por denunciar en una carta, además de la injusticia de su detención, las condiciones inhumanas que padecen los detenidos en Dilley, donde miles de niños sufren los daños físicos y mentales del encierro.

Hace ocho meses que agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) la llevaron allí junto a su madre y sus hermanos después de que su padre, Mohamed Soliman, lanzara en la ciudad de Boulder, Colorado, un ataque contra manifestantes que pedían la liberación de los israelíes secuestrados por Hamás y que se saldó con un muerto y varios heridos. La familia asegura que desconocía los planes del padre, que apenas se comunicaba con ellos, y las investigaciones del FBI no consiguieron pruebas de lo contrario. A pesar de haber colaborado con las autoridades en las pesquisas, dos días después del ataque, el 3 de junio, fueron enviados al centro de Dilley, donde cientos de familias están recluidas con sus hijos menores y sobreviven en condiciones que los detenidos califican de inhumanas.