Psicólogos y maestros alertan del impacto a largo plazo en la salud mental de los menores, que ya presentan dificultad para concentrarse y seguir el ritmo de sus estudios
Lo primero que hicieron fue dejar de ir a clase. Cundió el miedo a ser detenidos si salían de casa. “El ICE se llevó al vecino de arriba de uno de mis alumnos y también al de debajo. Después de eso vino un día y no más”, cuenta una profesora de un instituto de Washington D. C. Eso pasó en septiembre. En octubre, deportaron a la pareja y padre del hijo de tres años de otra de sus estudiantes, que decidió dejar la escuela para trabajar. La semana pasada, también fue deportado el tío y único adulto a cargo de un tercer alumno, y varios profesores han iniciado una recogida de alimentos y dinero para intentar que no abandone los estudios.
Pero la ofensiva migratoria de Donald Trump no solo ha provocado que miles de alumnos indocumentados o nacidos en Estados Unidos de padres migrantes falten a clase por temor a ser apresados. Muchos otros continúan acudiendo con miedo, con dificultad para concentrarse y seguir el ritmo, temiendo encontrarse a la policía en la puerta de la escuela, o a que se lleven a sus amigos, vecinos o familiares, según recalcan padres, profesores y psicólogos, que alertan de las consecuencias a largo plazo de un trauma que apenas está empezando a estudiarse. Algunos han tenido que asumir cargas nuevas: llevan a sus hermanos pequeños al colegio, hacen la compra o trabajan.








