La artista argentina celebró en el Sant Jordi de Barcelona el penúltimo y triunfal concierto de su gira ‘Grasa’

Los padres y madres de los boomers no darían crédito, se pellizcarían incrédulos creyendo no ver lo que hoy podrían ver y escuchar en un concierto de sus nietos y biznietos. Una vez superada la impresión por lo exiguo de algunos atavíos femeninos, no hubiesen soñado ni en mil noches que un concierto de música urbana en pleno siglo XXI, que ellos hubiesen pensado sería de rock, se enfilase el final, en la parte más popular del repertorio, con un Vivir así es morir de amor de Camilo Sesto en plan funk de coctelería. Y quizás aún menos hubiesen ni conjeturado que la salsa, esa que fue para muchos su música, denostada por gran parte de sus hijos, melenudos y con pantalones de campana igual que sus hijas, recuperaría su estatus de música central en una actualidad que seguro les descolocaría. Nathy Peluso en 1977 hubiese sido más rara que Donald Trump leyendo Tolstoi, pero hoy es popular y forma parte de esa generación de artistas que han visto fortalecidas raíces e identidad con lo que bailaron sus abuelos. La vida que da sorpresas, que dijo Rubén Blades.

Nathy Peluso cerró el último Sónar y antes del año estaba en el Sant Jordi, en el penúltimo concierto de su gira Grasa —el último en Madrid—, título que evoca las manchas en las manos propias de los trabajos que se hacen sin bolígrafo ni ordenador. Aforo limitado pero excelente entrada y, lo que aún es casi mejor, entrega de inicio a fin de su público, especialmente de las jóvenes que ven en Nathy a una mujer poderosa, decidida y firme que no acepta que nadie le tosa, que se crece ante las críticas porque, como cantó en Envidia, “que digan lo que quieran/nací para ganar/mamá me dio un talento”. Y por si no fuera poco, la argentina pisa con una decisión y empuje que hubiese dejado a Massiel cerca de una monja, caminando segura sobre unas botas con tacón de aguja que o las dominas o sencillamente anticipan un esguince. Todo el escenario, diáfano, para ese deambular decidido, con los músicos atrás, aparecidos por arte de birlibirloque por unas trampillas de las que emergieron como un submarino. Nada en escena, tampoco nada en las luces y proyecciones, nada imaginativas. Y una pantalla no pensada para ser vista desde los laterales, donde también había público. Tres bailarines, dos de ellos protagonistas de un apasionado y largo beso en la bachata Ateo —la que cantó con C Tangana—, beso que en otras épocas hubiese provocado un síncope. Como las propias letras de Nathy, con detalladas enumeraciones de partes de una anatomía femenina cuya existencia no hace tanto casi se negaba. Por no hablar de su propio vestuario, con unos shorts que le hubiesen quedado pequeños a un pitufo. Aún con todo, lo que más hubiese sorprendido a los padres de los boomers es que un concierto moderno comenzase con un bolero, Corleone. Dispuestos a no entender nada, el inicio les habría hablado de música tenida casi por propia.