Hamid, Yahya o Redouane han destapado las trabas que sufrieron por parte de las agencias inmobiliarias para visitar viviendas por su origen marroquí pese a su solvencia económica
Alquilar un piso puede convertirse en una aventura tenebrosa, con una oferta escasa en las grandes ciudades y precios desorbitados. El problema, a veces, no es solo el dinero: puede serlo también el apellido. Lo han vivido en sus carnes Hamid Hmata, Yahya Aaboud y Redouane Mehdi, tres hombres de origen marroquí asentados en España con trabajos estables y buenos salarios. Su solvencia no les ha bastado para ser considerados buenos inquilinos. Han enfrentado episodios de discriminación por su origen. Y se han rebelado. Los tres, cada uno por su cuenta, han reunido pruebas que acreditan lo que la literatura científica constata desde hace años: el racismo inmobiliario como método, con agencias que incumplen la ley al aceptar las exigencias de los propietarios de no alquilar sus viviendas a extranjeros.
Hamid Hmata, de 50 años y nacido en Tánger, vive desde 2013 de alquiler con su familia en un piso confortable de una zona acomodada de Mataró, a 30 kilómetros al noreste de Barcelona. Trabaja en comercio internacional para una empresa multinacional. Está casado y tiene tres hijos. Después de la crisis del coronavirus, buscó una vivienda más grande, también de alquiler, para su familia. Contactó con 13 inmobiliarias de Mataró. “Vi que casi nunca me llamaban, me decían que el piso no se podía ver o que estaba apalabrado… Era raro”. Entonces se iluminó; vio por televisión la historia de Redouane Mehdi, marroquí como él: el Ayuntamiento de Barcelona había multado con 45.000 euros a los propietarios de un piso y a la inmobiliaria que lo arrendaba por discriminación. “Hablé con mi mujer y le dije: creo que eso es lo que me está pasando a mí”.






