“¿Es bonito Montecassino?”, me preguntan. Es algo más importante que bonito. Como todas las tumbas, es sagrado
No es fácil llegar a Montecassino. Tiene su lógica: a los monjes que, allá en el siglo VI, fundaron la abadía, les preocupaba apartarse del mundo más que fomentar el turismo rural. Hay un tren de puntualidad intermitente que, en un par de horas, nos deja a tiro de taxi siempre que uno tenga la suerte —rara— de encontrar taxista. Coger ese tren ya vale la pena. Cuando, en la posguerra, el escritor Guido Piovene recorre cada ciudad de Italia y cada pueblo, anota que ninguna otra región tiene la amplitud de paisajes que tiene el Lacio. Italia adentro, hacia un valle adosado a los Apeninos, donde el mar se reduce a mera hipótesis, esa observación se vuelve exacta.
Piovene emprendió su viaje en un momento en que Italia convivía a la vez con los escombros y el Plan Marshall. Era 1957. Y ambas huellas pueden leerse en la ciudad de Cassino de 2026. Por un lado, carece de esa gracia antigua, con sus iglesias y sus plazas, que cabría esperar de cualquier población italiana de su tamaño. Por otro, cuenta con equipamientos —pienso en la Universidad— que en virtud de ese mismo tamaño tampoco le hubieran tocado. Nada más salir de la estación, la abadía reluce, enorme, desde lo alto de una montaña sobre la ciudad y sobre el valle. Esto también tiene su lógica: los monjes querían apartarse del mundo, pero no sin dejar constancia visible de su fe.






