El 14 de febrero puede intensificar la sensación de carencia, pero es posible reinterpretar esta fecha marcada por la comparación social como una oportunidad para revisar qué entendemos por amor, pertenencia y éxito afectivo
Cada año, cuando llega el 14 de febrero, las redes sociales se llenan de publicaciones con flores, cenas o escapadas románticas y declaraciones públicas de amor. Para algunos es una celebración ligera y divertida; para otros, un recordatorio incómodo de lo que sienten que les falta. En esos segundos casos, el Día de San Valentín, más que generar emociones nuevas, suele amplificar las que ya estaban ahí: inseguridad, comparación o la sensación de no encajar en un modelo afectivo idealizado.
“La vida es habitable sin amor romántico. La vida es habitable sin sentirse completo”, señala la psiquiatra Lucía Torres, directora médica de Tranquilamente. Desde su experiencia clínica, observa cómo muchas personas llegan a consulta con un malestar que no nace del Día de los Enamorados en sí, sino del significado social que se le atribuye. “Tener pareja y sentirse amado o deseado no es solo una cuestión de amor: para muchos, es un símbolo de pertenecer al grupo de los exitosos en la vida”, explica.
















