Los 221 ‘ricordi’ del florentino se basan en un crudo realismo político por el cual el poder craso tiende siempre a imponerse: toda astucia y prudencia son escasas

Italia tiene la singularidad de habernos traído repetidamente lo mejor y lo peor de la política. El país de Asís y de Cesare Beccaria, el del pacifismo y la abolición de la pena de muerte, iba a ser también el del terrorismo más cruento. La tierra que pasmó al continente con la sofisticación del “vivere libero e civile” glosado por Maquiavelo ha sido también la cuna del fascismo que lo aterrorizó. La revolución modelo de mil revoluciones —¡recuerden la Taberna Garibaldi!— paró en un Es...

tado conocido por su barroquismo burocrático. Y la orfebrería de su Constitución y los trabajosos equilibrios de su posguerra darían paso a un profeta, Silvio Berlusconi, del populismo performativo hoy generalizado. En la Italia central del siglo XIV había más Estados —recuerda Toynbee— que en el mundo entero en 1934: un lugar para políticas buenas o malas, pero, de Maquiavelo a Da Empoli, para extraordinarios observadores de la política. Es aquí donde entra, con laureles, Francesco Guicciardini (1483-1540).

Florentino como Maquiavelo, y amigo y confidente intelectual del autor de El Príncipe, Guicciardini iba a llegar a mayores alturas mundanas: fue embajador en España del confaloniero Pier Soderini, consejero de papas y enlace de los Médici entre Roma y Florencia. De esto último dejó testimonio en un libro fundacional para la historiografía italiana, la Storia d’Italia, rompedor por la apoyatura documental de sus fuentes. Su fama más perdurable, sin embargo, le ha llegado por un “libro secreto”, por las notas que, “siguiendo una arraigada tradición de la aristocracia florentina”, según el editor del volumen, Jorge del Palacio, dejó a su familia. Se trata de los Ricordi politici e civili, que Guicciardini comenzó en 1512 en España y que iba a completar durante dos décadas. Manual de prudencia, de “educación del juicio político”, por mucho que se nutran de su experiencia en la cosa pública, los ricordi no son memoralismo, sino recordatorios o avisos.