En Italia hay pequeñas historias cotidianas que revelan tanto la grandeza del ingenio humano como el desprecio más absoluto por el resto de los mortales
En Italia, como periodista, hay que enfrentarse a la paradoja de que lo increíble a menudo no es noticia, porque sucede con cierta regularidad. Hay pequeñas historias cotidianas que ni siquiera traspasan fronteras porque no son como para hacer un reportaje, pero que soltadas en una cena causan honda impresión. La perplejidad se debe a que en muchos casos revelan tanto la grandeza del ingenio humano como el desprecio más absoluto por el resto de los mortales. Uno no sabe si admirarse o salir corriendo. Estamos hablando de amplias variedades de picaresca con titulares que abren abismos sobre la naturaleza humana. Por ejemplo, uno de esta semana: “Florencia: 10 médicos inflaban las citas con pacientes ficticios para trabajar menos”.
Evidentemente, las listas de espera aumentaban (metieron al menos 290 citas falsas), pero qué se le va a hacer. Fue en verano de 2023, lo que ha abierto el debate de si era para poder irse a la piscina o, en su disculpa, que estaban en cuadro y era para no ser sepultados por la mole de trabajo. La dirección, en todo caso, ha aclarado que es “un fenómeno tan grave éticamente como limitado en consecuencias para los pacientes”. Justo eso, las consecuencias, es lo que también brilla a veces por su ausencia. De hecho, esos médicos siguen en su puesto, al menos hasta que se confirmen responsabilidades. Y entonces emerge otro elemento crucial: la primera vista del juicio se ha fijado, atención, para el 19 de febrero de 2027. Aunque aquí lo mejor es dejarlo, la lentitud de la justicia italiana es un asunto inconmensurable.






