La vocación de hacer trampas en la sociedad se hereda igual que se recibe un piso, una fortuna o un apellido

Se habla mucho de cómo los jóvenes, en especial los varones, caen en brazos de la ultraderecha y mimetizan sus consignas contra el feminismo o los inmigrantes. Pero, aunque el auge es preocupante y la alerta sea necesaria, ni son mayoría ni todos los que son jalean en la universidad a Vito Quiles. El descontento es más complejo y quizás deberíamos plantearnos si cargar las tintas sobre ese segmento demográfico no es una forma de retroaliment...

ar su furia contra un sistema que, al igual que les sucede a parte de los votantes de Trump o de Milei, sienten no solo que los excluye, sino que de algún modo los desprecia. Si observamos por ejemplo sus posturas antiimpuestos, podemos comprobar que su libre albedrío es relativo. En un país que, desde que la madre del Lazarillo de Tormes decidiera arrimarse a los buenos, ha hecho de la picaresca una manera de vivir, no puede sorprender que un joven quiera ser como el influencer que muda el domicilio fiscal a Andorra. Ese muchacho ha visto antes cómo su padre o su jefe en un trabajo mal remunerado ha preferido cobrar o pagar en negro, les ha escuchado atribuirle al Gobierno un asfixiante afán recaudatorio y odio hacia el emprendedor o los autónomos.