La autora francesa asiste a juicios de inmigrantes racistas, un presentador de ‘talk shows’ que exigía fotografías íntimas a sus fans menores de edad, camellos o prostitutas y los retrata con empatía y compasión
Ni esas “yuntas” de ancianos “lentas, silenciosas y arrebujadas” que fotografía en Venecia ni los miembros de la familia que perdió a sus hijos en el mar en El Havre; ni el perito en balística que se presenta ante el tribunal con un cráneo metido en una bolsa de plástico de supermercado ni la mujer de 98 años de edad que dejó de fumar hace tres para cuidar su cutis: Yasmina Reza no tiene favoritos y trata a todos por igual, ya sean adultos que han cometido un crimen o niños que no dejan leer a sus abuelas.
Durante 15 años, Reza (París, 1959), dramaturga de excepción —Arte, Un dios salvaje, Hammerklavier...— y narradora solvente, con sentido del humor y una cierta tendencia a la cursilería que no parece importarle mucho, visitó tribunales de varios lugares de Francia y descubrió en ellos algo que, a falta de un nombre mejor, quizás podamos llamar “la naturaleza humana”. Inmigrantes racistas. Un presentador de talk shows que exigía fotografías íntimas a sus fans menores de edad. Mujeres exhaustas que llegaron hasta el final. Camellos. Un peluquero a domicilio que tiende una trampa al amante de su mujer cinco años después de que ésta se ahorcara. Un desempleado que envenenó a su casera. Prostitutas. Criminales que deben su “esplendor fugaz” a “la envergadura de su transgresión y al infortunio que los aguarda”. Personas cuyos currículos se pueden resumir en un par de frases: “Camarera de piso en Holiday Inn, personal de equipo en McDonald’s, asesora de ventas en Zara, empleada en Carrefour Market, camarera en un restaurante”.






