¿Qué nos puede contar una señora cuya vida ha estado narrada casi semana a semana por la prensa rosa? ¿Podemos empatizar con las peripecias de esas personas que son todo modales pero que jamás muestran un solo rasgo de humanidad?
Un Pablo Motos bajo de energía (con aspecto de estar pasando un catarro del que esperamos que se recupere pronto) recibe a Isabel Preysler como si fuera una familiar de quien le hubiera separado una guerra. Se sientan a la mesa —y no me he fijado esta vez en la altura de los asientos; lo siento mucho— y Motos sostiene el libro de la Preysler Mi verdadera historia. ¿Por qué tiene unos post-it? Me pregunto.
“Es un libro adictivo”, dice Motos. Cuando va un famoso de los grandes —y a El hormiguero van muchos famosos—, a Motos le entra la curiosidad de verdad. Esto no es como entrevistar a los actores de una serie de moda.
La entrevista arranca con unos llamativos problemas de audio, ya que Preysler ha elegido un vestido con transparencias que no facilita la colocación del micrófono de corbata. Lleva uno tipo botón, como los de Madonna en la gira de Vogue, y no se oye bien. Van a publicidad y, a la vuelta queda claro que el frufrú va a durar el programa entero.
Motos empieza fuerte, preguntándole a Isabel por su virginidad. El rictus de ella es matador, pero le toca contar lo del novio filipino banquero y la noche de amor fruto de una avioneta estropeada. Es entonces cuando empieza el arco de transformación de nuestra heroína. La traen a España para huir de la vergüenza que supone haber yacido con un galán y piloto diez años mayor que ella.






