La juventud serbia lleva un año en la calle defendiendo la democracia sin que la UE le respalde

Podría pensarse que los estudiantes serbios que llevan un año protestando contra la corrupción del poder estatal y que han conseguido despertar a las masas populares representan cierta esperanza, en medio de las noticias de guerras, genocidios y violencia de toda índole en el Oriente y Occidente del planeta. El masivo levantamiento cívico en Serbia, inicialmente dirigido a pedir responsabilidad por las 16 muertes causadas por el derrumbamiento de la marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad en noviembre de 2024, ha conseguido poner en cuestión muchos actos que desvelan la corrupción del partido gobernante. La cadena de corrupción arrastra consigo a muchas partes interesadas y en el caso de las obras de restauración de Novi Sad se ha manifiestado cómo funciona: se adjudican las obras a un contratista, que luego contrataba a un subcontratista, quien a su vez contrataba a otras empresas, generando todo ello costes adicionales, y abriendo un pozo sin fondo. Además, en el caso de esta tragedia, dificulta esclarecer responsabilidades por lo ocurrido que, evidentemente, todos esquivan.

El último delirio que el Partido Progresista Serbio intenta vender a sus habitantes, bajo el velo de la prosperidad económica, es una Trump Tower en pleno centro de Belgrado, en el mismísimo lugar donde aún yacen los restos del edificio del Estado Mayor bombardeado por la OTAN en 1999, un complejo de edificios protegido por su valor arquitectónico, y declarado monumento histórico bajo protección. “Parece una broma de mal gusto que un edificio protegido, cuyos restos nos recuerdan las causas y las consecuencias del drama bélico que tuvo lugar recientemente en los Balcanes, se esté vendiendo al yerno de Trump, Jared Kushner, para construir en Belgrado un hotel de lujo; no lo podemos permitir“, se escucha a menudo estos meses en la capital serbia.