Hay algo de resistencia cívica si conservamos el archivo imperfecto y caótico de la historia del mundo a través de esa red social
Si tienen ustedes una cuenta en X y han compartido en ella algo que merezca la pena ser recordado, les sugiero que descarguen un archivo con todas sus publicaciones. Por ahora es posible hacerlo fácil y gratuitamente, algo que no está garantizado si pensamos en los bandazos estratégicos del dueño del chiringuito y su tendencia natural a fastidiar a las democracias europeas. Las publicaciones que dejamos en las redes sociales documentan nuestras vidas, pero también la de las sociedades en las que vivimos...
. Por esta razón será complicado que un historiador pueda analizar los vaivenes geoestrátegicos de la última década sin sumergirse en ese archivo inabarcable, global y disperso que constituyen las plataformas digitales.
Twitter fue, en sus inicios, una revolución para el periodismo y, en cierta forma, lo sigue siendo. Puso en nuestras manos la posibilidad de trabajar nuevas fuentes en todo el planeta, enriquecer nuestro conocimiento con expertos en la red, o informar en directo en momentos relevantes con sólo un teléfono móvil. Cuando la desinformación y los discursos de odio hicieron acto de presencia, X se convirtió en el escenario que un periodista debía observar para comprender la magnitud del tsunami que se nos veía encima. De la convicción de que era mucho mejor vivir aquella revolución desde dentro nacieron 67.000 publicaciones. La consulta reposada y con perspectiva de ese archivo construido en silencio ha resultado tan fructífera como todos los aprendizajes que fueron posibles mientras duró la era de la inocencia.






