Celebrar la ‘puertorriqueñidad’ es un desafío al colonizador, sí. Pero hacerlo en la tarima más importante de Estados Unidos y en las narices del presidente que una vez se planteó vender Puerto Rico es un acto de amor propio

Fueron 13 minutos en los que Benito nos dio una lección de lo que es amar. Amar a la patria, la cultura, el idioma, el continente, la música, el perreo, el tra tra, baby. Y, si lo permiten, es una lección que pocos están tan capacitados para impartir, porque ¿quién sabe más sobre lo que implica amar y defender todas esas cosas que aquellos que han sido colonizados por el imperio más poderoso del mundo? Benito carga a sus espaldas con más de un siglo de colonialismo gringo y resistencia boricua, la de un pueblo que se ha negado a quebrarse bajo el puño del Tío Sam.

Un poco de contexto para aquellos que no hicieron sus deberes antes de este Super Bowl: Puerto Rico es desde hace más de 130 años una colonia —territorio no incorporado, le llaman— de Estados Unidos. Sus 3,2 millones de residentes son ciudadanos, pero no pueden votar al presidente de la nación; aunque tienen un representante en el Capitolio de Washington, él tampoco tiene derecho al voto. Tras décadas de negligencia y maltrato por parte del Gobierno federal y los políticos locales, a la pequeña isla caribeña se la conoce como la que se “vacía” porque millones de boricuas se han marchado en busca de todo lo que en casa les ha faltado: estabilidad económica, educación, luz, un techo, comida…