—¿Ustedes están celebrando al conejo ese?
—No, estamos celebrando la cultura puertorriqueña.
El intercambio —entre un trabajador de un club de compras al por mayor y un cliente— ocurrió porque las empleadas habían adornado sus cabellos con flores y los empleados llevaban pavas. Recién comenzaba la residencia de 30 conciertos de Bad Bunny en Puerto Rico y en muchos comercios, la pava, ese sombrero tradicional del jíbaro puertorriqueño que el artista le ha presentado al mundo, se convirtió en una presencia imposible de evitar tras adquirir una lectura pop que lo trasciende ahora como símbolo de la vida dura del campo.
No se salvó ni una vitrina. Hasta botellas de perfume carísimo fueron coronadas por una pava en miniatura, entre otras maneras creativas en las que la iconografía clásica de un aspecto de la cultura puertorriqueña se incorporó a todo tipo de productos en el país. Este verano, la fiebre por Bad Bunny se reprodujo como los conejos y convirtió al evento en un motor económico potente y un punto de inflexión en la industria del entretenimiento. Si, como muchos han dicho, el petróleo puertorriqueño es la música y la cultura, este verano el Coliseo de Puerto Rico ha sido un legítimo yacimiento.






