Hay que sumar a países que aspiren a un modelo en el que rigen las normas del derecho internacional

Mucho ha cambiado el mundo cuando un empresario como Elon Musk se lanza a insultar a un presidente democrático llamándole tirano y traidor. Cuando el creador de Palantir, un gigante del espionaje digital que se llama Peter Thiel, da una conferencia en la Academia Francesa para hablar del Anticristo. O cuando el cofundador de Meta (antes Facebook) Mark Zuckerberg se convierte en la segunda ...

persona más rica del mundo, con un patrimonio estimado de 216.000 millones de dólares (39.000 millones de dólares más que el año pasado).

En este mundo a veces incomprensible, Europa representa, y debe representar, un conjunto de valores universalizables, es decir, al que se pueden sumar países que no comparten zona geográfica, que no se agotan en la Unión Europea, sino que aspiran a un mismo modelo en el que rigen normas de derecho internacional, reglas para el libre comercio y una cierta multilateralidad. Un modelo al que nunca ha aspirado Estados Unidos. Washington nunca ha reconocido la Corte Penal Internacional, por ejemplo, ni ha enviado soldados como cascos azules (aunque su contribución económica a la ONU fuese crucial). No hizo falta que llegara a la Casa Blanca Donald Trump para que Estados Unidos se negara a ratificar el Protocolo de Kioto sobre el cambio climático. Tampoco las deportaciones de inmigrantes son distintivas de este mandato (aunque sí la brutalidad con la que se llevan a cabo). Bajo el doble mandato del demócrata Barack Obama y el primer mandato de Trump se deportaron, respectivamente, 2.500.000 inmigrantes y 930.000, es decir, que Obama se mereció el apodo de “deportador en jefe”.