Casi 30.000 niños ecuatorianos han cruzado la frontera en la última década, arrastrados por la violencia y víctimas de un engranaje migratorio cada vez más hostil

El 20 de enero comenzó como cualquier otro día para la familia Conejo en Minnesota. Liam, de cinco años, se subió al carro con su mochila de Spiderman y se fue a la escuela. Unas horas después, su padre lo recogió, y cuando llegaron a casa, todo cambió. En ese preciso momento, agentes del ICE lo detuvieron tanto a él como a su hijo. Adrián Conejo lo relató días después, tras ser liberado tras 11 días de detención: “Los agentes le ordenaron a Liam que tocara la puerta de nuestra casa, para que salieran las personas que estaban adentro”, relató en entrevistas a diferentes medios de comunicación. Al otro lado, su esposa, embarazada de cuatro meses, gritaba, desesperada, impotente, ante el pedido de su esposo, de que no saliera. Aunque la familia está junta de nuevo, permanece escondida, con miedo.

Mientras el rostro de Liam con gorro azul y su mochila de Spiderman recorría las primeras planas de medios internacionales, convirtiéndose en el emblema del rostro más cruel de la política migratoria de Estados Unidos, en Ecuador, el presidente Daniel Noboa optó por callar. No fue un silencio improvisado. Fue un mutismo político y, sobre todo, dolorosamente elocuente.