El catedrático Roger Martínez-Dávila denuncia que tuvo que acreditar su ciudadanía ante una universidad de EE UU, algo que no fue requerido a sus compañeros sin ascendencia hispana

Una terminología insidiosa se ha enraizado en Estados Unidos: distingue a los heritage Americans del resto de nosotros. Se trata de un eufemismo para definir a los protestantes anglosajones blancos y, cada vez más, también a los nacionalistas evangélicos. Este lenguaje se está desplegando de forma sistemática. En la práctica, la Corte Suprema de EE UU ha legalizado una maquinaria de control en la que la etnia —incluso cómo se habla, cómo se viste, a qué se dedica alguien— puede ser utilizada como justificación para que funcionarios federales, fuerzas cuasi militares como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), detengan a alguien y le pidan “sus papeles, por favor”.

En Minnesota, ahora mismo, la actuación del ICE se ha convertido en terror de Estado —redadas, detenciones, miedo en barrios de inmigrantes y protestas públicas— y ha incluido la fuerza letal, con la muerte a manos de agentes federales de Renee Good y Alex Pretti. Pero esto también está ocurriendo en otros lugares, mediante procesos nuevos, silenciosos y públicamente invisibles.