Hace apenas dos semanas, mientras miles de estudiantes celebraban el commencement en Harvard bajo un sol primaveral, Alan Garber, presidente de la universidad, recibió una ovación cerrada al pronunciar unas palabras aparentemente inocuas: “Bienvenidos, graduados... de aquí cerca, de todo el país y del mundo entero”. La pausa antes de “del mundo entero” fue deliberada. El énfasis, inequívoco. “Del mundo entero, tal como debe ser”, concluyó entre aplausos atronadores. En cualquier otra ceremonia de graduación, estas palabras habrían pasado desapercibidas. Pero en el Harvard de la segunda presidencia de Trump, cada gesto de defensa de la internacionalidad se ha convertido en un acto de resistencia. Y yo, investigador visitante español en el corazón de Cambridge, Massachusetts, podría formar parte de la última generación de académicos internacionales si el expresidente logra ganar su pulso judicial contra la universidad más antigua de Estados Unidos.
Llevo meses estudiando en Harvard cómo las democracias liberales mueren no por ataques frontales, sino por la instrumentalización perversa de causas nobles. Mi investigación en el Centro de Estudios Europeos Minda de Gunzburg se centra precisamente en cómo los movimientos antidemocráticos secuestran banderas liberales —feminismo, derechos LGBTQ+, ecologismo— para socavar las instituciones democráticas desde dentro. Nunca imaginé que mi propio estatus como investigador internacional se convertiría en un caso de estudio en tiempo real.








