Filólogos, académicos y escritores analizan el estado de salud del castellano en Estados Unidos ante la amenaza de las agresivas políticas de “solo en inglés” del presidente republicano

En el sur de Florida se está empezando a escuchar un nuevo dialecto. Una jerga que suena a inglés, pero que incorpora giros sintácticos y traducciones literales del español. Es una especie de spanglish pero al revés, que para decir “pon la luz” dice “put the light”, o para bajarse del coche, “get down the car”. Los filólogos llevan tiempo siguiendo con fascinación la pista a esta nueva criatura, nacida de la riqueza e inevitable contaminación idiomática en una de las zonas con más presencia de hispanohablantes de Estados Unidos. Pero el entusiasmo de los lingüistas no lo comparte tanto el Gobierno de Donald Trump. Para el republicano es el típico ejemplo de la invasión latina que amen...

aza con corromper una supuesta esencia anglosajona del país. Sus políticas de english only (solo en inglés) pretenden ahogar el español en EE UU. Una nueva amenaza para una lengua a prueba de bombas.

El español es el segundo idioma con más presencia en el país, con 58 millones de hablantes, un 13% del total. Es una lengua minoritaria, pero no extranjera, como son por ejemplo el chino o el árabe. El español estaba ya en el actual territorio antes incluso de la fundación del país. Tras la colonización española, zonas sureñas, como California, Arizona o Texas fueron arrebatadas a México en el siglo XIX. Además, no es unívoca, es un crisol de todas las comunidades que lo hablan: español mexicano, caribeño, centroamericano, sudamericano. Y, sobre todo, es una lengua viva y en permanente contacto con el inglés, como lo demuestra el fenómeno del spanglish, alimentado en una y otra dirección.