Para poner límites al presidente de Estados Unidos es preciso dejar de suscribir sus palabras
Una mujer se presta a un experimento lingüístico en un hospital para poder costear el tratamiento médico que su pareja necesita. No parece peligroso y, como no tiene medios para sufragar los gastos, está dispuesta a correr el riesgo: “si solo se trata de palabras, no puede ser peligroso”. Su interlocutor la corrige: “Tratándose de palabras, puede ser muy peligroso”. Y añade “no hay trasplante sin riesgo”. ¿Trasplante? ¿A quién? ¿De quién? ¿De qué? Felicia, pese al temor que le produce la palabra trasplante, acepta: incorporará las palabras de otro en su interior. Esta decisión meditada tendrá consecuencias impredecibles porque al cambiar sus palabras por las de otro, devendrá otra ella misma. No en vano Juan Mayorga titula a esta obra de teatro El Golem (2022), en alusión a la figura del folklore hebreo que toma vida con ciertas palabras porque estas tienen poder, dan vida, avivan, lo que apunta al hecho de que las palabras trasplantadas insuflan un modo de estar y de vivir y pueden incluso, como bien viera Platón, curar o enfermar. Este peligroso trasplante consiste, como indica Santiago Alba Rico en el epílogo al ensayo de Mayorga, en envenenar la narrativa porque, aunque nos parezca imposible, la sinrazón puede hacerse escritura y generar un discurso que parece tener razón, convence y hacemos propio. Aquí estamos, inadvertidos y sin nuestro consentimiento, en una época de trasplantes de palabras, que a su vez nos trasplantan a otro campo de juego, el que debemos combatir, ¿y cómo combatir si nuestra herramienta, que es el pensamiento, está envenenado con palabras trasplantadas? No hay nada más peligroso que el mal uso de las palabras. Cuando repetimos las palabras del otro, sus discursos y sus modos, algo cambia en nosotros mismos. Un ejemplo es la palabra “paz”. Parafraseo el trabajo de Klemperer sobre la lengua del fascismo. Donde pone “pueblo” leo en su lugar “paz”: “Paz se emplea tantas veces al hablar y escribir como la sal en la comida; a todo se le agrega una pizca de paz: fiesta de la paz, camarada de la paz, comunidad de la paz, cercano a la paz, ajeno a la paz, surgido de la paz”. “Paz” hasta que no se sepa muy bien a qué nos referimos. Si la paz es deseable, aquello que designa debe serlo en consonancia, ¿no? ¿quién no quiere la paz? ¿Pero qué paz es esta?






