Sánchez ha elegido enfrentarse a las fuerzas digitales más temibles. Y no me refiero a Elon Musk o a las plataformas, sino a los niños y adolescentes
Veo a Pedro Sánchez defender la prohibición de las redes sociales a los menores de 16 años y pienso en cierto niño que conozco y que tardaría menos en saltársela que en comerse la merienda. A los 11 años, encontró la forma de chatear sin permiso con sus compañeros de clase. No les dejaban usar los ordenadores del aula, así que cuando localizó un error en Wikipedia y su padre le explicó que eso ocurría porque cualquiera puede escribirla y editarla, ató cabos. Organizó al resto: se encontrarían todos en la página de ...
un mineral poco conocido y allí podrían hablar tranquilamente hasta que alguien se diera cuenta. También usó otra página para comunicarse a dos con un amigo. Durante un tiempo, la Wikipedia en español del —es un decir— wolframio fue el chat de los chavales de un cole riojano. En minutos y de forma pública y oculta a la vez, a la vista de todo el mundo y sin que nadie lo supiera, la Wikipedia había sido convertida en una red social.
El presidente del Gobierno ha elegido enfrentarse a los instintos de las fuerzas digitales más temibles. Y no me refiero a Elon Musk o a las plataformas (“más ricas y más poderosas que muchos países, incluyendo el mío”, dijo), sino a los niños y adolescentes. Es decir, unos seres humanos caracterizados por su espíritu desafiante, por su gran capacidad de aprendizaje y por priorizar la relación con sus congéneres ante todas las cosas.















