Creada por el Estudio Lamela y Richard Rogers, la terminal inaugurada en 2006 ha modernizado la imagen de España y con su ampliación se marca el objetivo de superar los 90 millones de pasajeros

El tiempo vuela. El 4 de febrero la Terminal T4 Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas cumple 20 años. Pero si se mira hacia atrás, hará 30 desde que se propuso el concurso inicial. En cambio, si se enfoca el futuro, su ampliación, que está prevista, llevará otra década. Una vida profesional entera para el arquitecto Carlos Lamela (Madrid, 1957), presidente de Estudio Lamela, quien junto con su padre, ya desaparecido, Antonio, y Richard Rogers (1933-2021), uno de los mejores proyectistas de finales del siglo pasado y comienzos del XXI —y las ingenierías Initec y TPS—, tuvieron el acierto y la osadía de diseñar una infraestructura que cambió una ciudad y un país; una catedral que despega y aterriza.

La combinación de un pensamiento a dúo imaginó una terminal de la que —acorde con el periódico The Guardian— “no te dan ganas desesperadas de escaparte”. La luz que cae se filtra por las lamas de los rítmicos lucernarios, la calma que transmite la madera de bambú en las cerchas, los colores de las columnas para identificar las puertas de embarque; la sencillez de emprender los pasos y encontrar el punto de llegada o salida. Más el día amaneciendo o acabándose a través de sus enormes ventanales. “La terminal se diseñó de una forma que fuera sencilla para el viajero, redujera su estrés y que las cuatro funciones básicas que emprende todo pasajero (facturar, control de seguridad, paso de aduana y embarcar) mantuvieran la pausa y la facilidad”, reflexiona Carlos Lamela en su estudio madrileño. Nada de esas cegadoras luces fluorescentes. En su lugar, las famosas luminarias en forma de wok y bambú amortiguando luz y sonido. Estos años que se reivindica tanto la tranquilidad, resulta que ya estaba en casa.