Una escapada en familia saludable es aquella en la que se deja espacio para descansar, improvisar, jugar y en la que el adulto está presente emocionalmente
Viajar en familia se ha convertido en uno de los ideales contemporáneos de la crianza. Nunca ha sido tan fácil moverse, cruzar países, enlazar vuelos o improvisar escapadas de fin de semana. Lo que para padres y abuelos resultaba excepcional, hoy forma parte de la normalidad. Esa facilidad ha ampliado horizontes y ha regalado a muchas familias experiencias valiosas. Pero también ha introducido una tensión de la que se habla poco: cuando lo extraordinario se vuelve obligatorio deja de ser libertad y empieza a parecerse a una exigencia.
La psicóloga Carmen Durang invita a mirar este fenómeno con cierta distancia. “Viajar con hijos puede ser un regalo, pero también una trampa si se confunde movimiento con convivencia”, explica. En su experiencia clínica, uno de los errores más frecuentes es reproducir en el viaje el mismo nivel de estrés que se intenta dejar atrás. “Puntualidad, aeropuertos, prisas, itinerarios cerrados, el ‘hemos pagado esto y hay que verlo’. El adulto está físicamente con sus hijos, pero mentalmente atrapado en la logística. Y el niño lo percibe”, añade.







