El país centroamericano vive su primera semana en estado de sitio tras una matanza de policías que pone en cuestión la capacidad del Estado para hacer frente a la violencia de un ‘ejército’ de 30.000 pandilleros

El Mezquital no es un barrio y tampoco una colonia. Surgió como tal, pero ahora es una superposición abigarrada de viviendas grises y techos de lámina en las afueras de Ciudad de Guatemala. Desde aquí, los edificios de la capital se ven a lo lejos como lucecitas, tan inalcanzables como las zonas ajardinadas, los centros comerciales o los centros de salud. Los viejos school bus amarillos irrumpen ruidosos y humeantes

atemala/" data-link-track-dtm="">por la calle principal, con vecinos silenciosos que viajan con el teléfono móvil escondido. De aquí salieron las pandillas Barrio 18 y Salvatrucha, que han puesto en jaque al país y al Gobierno de Bernardo Arévalo, que ha declarado el estado de sitio. Aunque el decreto cumplió este domingo una semana en vigor, en las calles de El Mezquital solo aplican las viejas leyes de siempre: “Ver, oír y callar”.

Guatemala es uno de los países más pobres y violentos de Latinoamérica. Con casi 17 millones de habitantes, el país centroamericano contabiliza 22 idiomas mayas, 37 volcanes (cuatro de ellos en activo), costas en el Pacífico y el Caribe y diez personas asesinadas cada día. Una crisis de seguridad que debe encarar un Gobierno débil y aislado que tomó posesión en enero de 2024 y que pretende derrotar a un ejército de 30.000 pandilleros tatuados dispuestos a hacerlo caer.