Una genialidad del extremo, después de dos goles en cinco minutos de Olmo y Raphinha, le dan la victoria a los azulgrana en una tarde de sol y lluvia en el Camp Nou

Los partidos a favor de inventario, aquellos llamados de entreguerras para los favoritos, se resumen a menudo en un momento o en una jugada, o a veces se explican incluso a partir de ambas soluciones, como pasó en el Barça-Oviedo. Los azulgrana liquidaron en cinco minutos una pesarosa contienda que parecía no tener fin en el Camp Nou. Un bufido de Lamine sobre Carmo y un apretón de Raphinha a Costas provocaron dos errores individuales de los centrales y arruinaron la meritoria defensa colectiva del equipo de Almada. Únicamente Lamine no dio por acabada la contienda y regaló un gol que por sí solo valió por la entrada de un encuentro que empezó con sol, siguió con lluvia y acabó con el diluvio universal para desespero de los 44.763 aficionados del Camp Nou.

Mucha gente empezó a salir por piernas del estadio por el agua y el granizo y los que se quedaron empezaron a pedir al árbitro que pitara el final antes de hora ni que fuera por clemencia hacia los jugadores una vez visto que el partido ya estaba resuelto y el resultado aceptado tanto para el Barcelona como el Oviedo. El regreso al Camp Nou, 43 días después de la cita contra Osasuna, resultó tan épico como aborrecible si no hubiera sido por los goles, especialmente el de Lamine, que certificó la recuperación del liderato con un punto más que el Madrid. El juego fue muy pobre y redundó en la terrible orfandad que supone la ausencia de Pedri de la misma manera que el marcador no resultó ninguna sorpresa si se tiene en cuenta que el Oviedo es el último, el menos goleador y que no gana un partido desde septiembre, cuando abatió al Valencia.