En el nuevo orden mundial ya no solo manda el más fuerte, sino también el más rico
La utilización del poder económico como poder político ya no es invisible; se expresa continuamente y con total impunidad. Ello conduce al mundo hacia un nuevo orden en el que no sólo manda el más fuerte, sino también el más rico. Esta reflexión forma parte de modo implícito de la intervención de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en el Foro de Davos, que ha causado sensación por su voluntad de resistencia. El planeta está en medio de una ruptura, no de una transición.
Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Como todos los años, hay en el Foro Económico Mundial un Davos alternativo que discute más allá de los imperialismos (zonas de influencia), la inteligencia artificial, la regulación, la inmigración, la globalización truncada u otros temas de moda. Es el Davos que actualiza los datos y las características sobre las desigualdades que asolan el mundo. La desigualdad es, en última instancia, una decisión política. Ya hace tiempo que Joseph Stiglitz explicó la triple decepción que está logrando que la polarización económica llegue a ser decepción política y social. Uno, los mercados no funcionan porque son ineficaces y opacos; quizá el mejor ejemplo de ello sea ahora el mercado de la vivienda. Dos, el sistema político no corrige los fallos de ese mercado; es impotente y solucionarlos es su principal función, aquello que lo justifica. Y tres, tanto el sistema económico (la economía de mercado) como el sistema político (la democracia) sufren de una desafección creciente. Son a la vez verdugos y víctimas. La pobreza genera hambre, pero la desafección provoca ira.









