Fisioterapeuta, de 101 años, viudo hace tres, trabajó hasta pasados los 80, condujo hasta los 95 y va cada día tres horas al día al gimnasio. Se considera un afortunado con una pena: “mi último amigo murió hace un mes, me he quedado solo”
Hace ya unos años que el gimnasio al que acude a diario, uno de esos espacios gigantescos en plena ciudad con infinidad de máquinas, clases colectivas, spa y piscina, le reservó una taquilla con la leyenda “El número 1” para uso exclusivo de su cliente más veterano. Por eso, en agradecimiento, propone al fotógrafo que le retrate allí, en ropa de deporte, antes de tirarse literalmente a la piscina a iniciar su rutina deportiva diaria. Para charlar, sin embargo, prefiere otro sitio. “¿Le gustan los churros? Le invito a merendar en casa”, propone. Así que aquí estamos, frente a frente, tomando café con leche con churros en una vajilla de La Cartuja, a resguardo de la lluvia de una tarde de perros, en el acomodado piso donde José Luis vive con su cuidadora, Belsy, una señora hondureña casada y con hijos que empezó cuidando de su esposa enferma y, al faltar ella, continuó cuidándole a él. Al endulzar su café con sacarina, el anfitrión confiesa: “Me sacaron diabetes hace cinco años”, como pillado en falta. Es el único marcador alterado de sus análisis.






