La maldad forma parte de la fealdad, y los días que vivimos son feos y malos porque se ha asumido que el mal como procedimiento genera orden

1. Desde principios de este siglo no he vuelto a recibir ninguna carta en cadena, pero a lo largo del siglo XX recibí muchas, y no es que la cosa me hiciera demasiada gracia. Eran cartas que llegaban por correo sin remitente y que empezaban invariablemente con una especie de autopresentación: “Estimado destinatario, enhorabuena por recibir esta carta. Ha llegado desde muy lejos para traerle felicidad pues forma parte de una cadena imparable que recorre el mundo para difundir el bien. Por favor, no rompa esta cadena. En cuanto lea estas líneas, cópielas veinte veces, meta cada una en un sobre y envíeselas a sus amigos, especialmente a aquellos más necesitados de buena suerte…“.

Puede que las palabras no sean exactamente las mismas, pero no se alejan en exceso, por más que palidezcan ante las originales. El caso es que, inmediatamente después, como demostración efectiva de lo dicho, la carta mencionaba algunos ejemplos de éxitos en todo el mundo. Lucy Windsor vivía en Canadá, estaba desempleada, recibió la carta en cadena, la envió a 20 amigos y en menos de un mes la llamaron para trabajar en una empresa estatal. Timothy Parker padecía un grave problema ocular y ningún médico en Ciudad del Cabo conseguía diagnosticar su enfermedad, pero recibió la carta en cadena, no la rompió y en menos de dos semanas encontró un especialista en Barcelona que le devolvió la vista. Miriam, de Tel Aviv, era muy pobre y no tenía nada con lo que dar de comer a sus hijos. Envió copias de la carta en cadena a 20 destinatarios y ganó un gran premio de lotería. Luego abandonó su país y ahora vive en Londres, cerca del Palacio de Buckingham.