Si será colorista, múltiple y diverso en patrimonio cultural y natural, que sorprende hasta a los colombianos viajados en su propia tierra. Una potencia turística muy lejos de masificarse

O mejor, país de las bellezas. De la natural y de la humana. Así lo decía un maestro de periodistas español enamorado de Colombia. La anatomía del país emociona como un espectáculo, pero además lo hacen entrañable los colombianos con su “extraordinaria disposición a la amistad”. ¿Puede existir una mejor carta de invitación?

Si abundan las bellezas, que hasta se usa esa palabra en sentido contrario: “Vea, home, qué bellesa”, bromean si metes la pata en algo.

La más atrayente, seguro, es la belleza por descubrir. Por eso los viajeros coinciden en calificar este rico rincón del mapamundi como potencia turística, pero sin la masificación de las potencias turísticas. Una rara avis por explorar incluso para los propios colombianos porque no da toda una vida para conocer a fondo las múltiples Colombias. Entre tantas, cada cual puede configurar la suya propia. Es uno de esos países que, como España, no se acaban nunca.

Diverso, contrastado, mutante, contradictorio incluso. Al oeste sus costas vírgenes abiertas al Pacífico. Hacia el norte, el realismo mágico del Gran Caribe: dicen los costeños de su paisano García Márquez que era un genio, pero para inspirar una novela le bastaba asomarse a una ventana. Las inmensas sabanas de los Llanos. Un erizo de montañas porque en Colombia los Andes se despliegan en tres, como una cola de látigo, con una sierra nevada a cuatro pasos del Caribe y en lo alto los restos de una ciudad perdida. Las selvas del Darién, recién estrenadas porque crecen en unas de las últimas tierras en emerger de todo el planeta. La selva madre en la Amazonía. Y de repente en ese inmenso botánico, desiertos rocosos como el Tatacoa o el arenoso de La Guajira.