Los sistemas de lenguaje de IA generan una ilusión de empatía y competencia para vendernos no solo productos, sino también ideologías
Amamos y nos enamoramos de nuestros chatbots. Disfrutamos de su disponibilidad constante, de su amabilidad inmutable, de su aparente conocimiento sin límites, de su supuesta empatía y, cómo no, de su maestría para la adulación constante. De hecho, en
mejor-antidepresivo-esta-en-los-bancos-de-las-plazas.html" data-link-track-dtm="">una sociedad marcada por la soledad y la crispación, podemos llegar a pensar que son lo mejor que nos ha pasado. Por ello, cada vez más buscamos refugio en nuestro chatbot favorito para que nos consuele, nos aconseje, nos escuche y, por qué no, nos haga un poco la pelota como tan bien saben hacerlo. A nadie le amarga un dulce, especialmente en momentos en que la realidad es amarga.
Pero, tras esa fachada, es importante saber que los chatbots no son ni nuestros aliados ni nuestros amigos. Han sido diseñados para cumplir objetivos definidos por quienes los implementan, y no necesariamente para proteger nuestros intereses.
Si esto es así, ¿por qué confiamos en ellos nuestros más íntimos pensamientos, secretos, enfermedades, dudas o miedos? La confianza consiste en aceptar la vulnerabilidad porque esperamos un comportamiento favorable. En los humanos, se construye mediante la percepción de competencia, benevolencia e integridad. En los chatbots, sin embargo, surge principalmente como consecuencia de nuestros sesgos cognitivos. La antropomorfización nos hace atribuirles intenciones y comprensión humanas. El efecto Eliza, descrito por el pionero Joseph Weizenbaum, demuestra que incluso interacciones mínimas pueden generar la sensación de que el sistema nos entiende y nos escucha; y el sesgo de confirmación nos lleva a valorar respuestas que coinciden con nuestras creencias. La interacción es casi siempre textual y aparentemente anónima: sin caras ni miradas que nos juzguen, nos sentimos cómodos revelando información y siguiendo recomendaciones, lo que refuerza la ilusión de confianza. Otros factores que aumentan la confianza incluyen la percepción de transparencia cuando parecen explicar sus límites, la cortesía y respuestas agradables que refuerzan la sensación de comprensión, la consistencia funcional que da la impresión de competencia, la posibilidad de corregir errores y su habilidad para, casi siempre, darnos la razón.







