Recuerdo la propaganda oficial como una losa de plomo, España y Franco la misma entidad intercambiable, lo pintoresco para dar color local a la dictadura
La primera vez que vine a Madrid fue en el verano de 1965. Al final de un seminario de administración universitaria en el que había participado en Berlín a lo largo de un mes, hice una escapada a España antes de regresar a Nicaragua, gracias a que las líneas aéreas, menos cicateras que ahora, calculaban los boletos trasatlánticos por millas, y era posible agregar otros destinos sin cargo....
Era el tiempo del correo aéreo y a veces de los cablegramas, y avisé de mi llegada al poeta Luis Rocha, compañero de afanes literarios en Managua, quien ahora estudiaba en la Complutense, y vivía en la calle Altamirano del barrio de Argüelles. Yo anotaba en su dirección en las cartas “primero, extrema izquierda”, en lugar de “primero, ext. izquierda” que quería decir “exterior izquierdo”, hasta que me advirtió que mi error podía ponerlo en sospechas a los ojos de la policía secreta del Generalísimo de todas las Españas, cuyo adusto rostro se repetía en los sellos de correo en una infinita gama de colores, según el valor del franqueo.
Luis llegó a esperarme al aeropuerto de Barajas junto con el poeta Fernando Quiñones, a quien entonces conocí. Barbado y sudoroso, vestido con una amplia camisa de verano de faldones por fuera y calzado con sandalias franciscanas, cordial y dicharachero en su acento andaluz sin eses en los plurales, igual que en Nicaragua.






