La concesión municipal de atención a perros abandonados de la capital recibe numerosas quejas por las condiciones de los perros

En febrero del año pasado, Paloma Medina Rivas encontró un podenco deambulando por una plaza cercana a su domicilio, en Granada. Tras observarlo un rato, vio que estaba solo y sin dueño pero lustroso. Avisó a la Policía para intentar encontrar a su dueño a partir del chip que debía llevar. “No estaba chipado”, explica Medina. Era sábado y hasta el lunes el refugio municipal no recogía animales, así que, hasta entonces, lo llevó a un centro privado. El lacero ―el encargado de sacar de las calles los animales perdidos― lo trasladó al Centro de Bienestar Animal El Vivero. Es un centro gestionado por la empresa Athisa a la que el Ayuntamiento granadino le ha concedido la gestión de los perros y otros animales abandonados y de las colonias felinas.

Durante dos semanas, Medina intentó seguirle la pista al perro, Salvo, como ella lo nombró. No pudo verlo y nada de lo que le contaban le sonaba bien por lo que decidió rescatarlo. Cuando se lo entregaron, el perro feliz y vivaracho que había encontrado 17 días antes era un can escuálido, con las costillas a la vista y, en definitiva, un “estado de desnutrición severa por inanición prolongada”, además de “infecciones cutáneas varias” según un informe veterinario.