El presidente ha cerrado la frontera y quiere lograr la mayor deportación de la historia, para lo que ha llevado el terror a las calles del país
En este año en el que Estados Unidos celebra el 250 aniversario de su independencia, su presidente, Donald Trump, está redefiniendo el país hacia un modelo muy distinto del que se ha caracterizado en su historia. Estados Unidos se creó como un país de emigrantes, y así ha seguido siéndolo, pero el mandatario republicano ha inaugurado una nueva era en la que estos no tienen cabida.
En su primer año de mandato se fueron del país más migrantes de los que llegaron por primera vez en los 50 años de los que se tiene registro. Según los datos recopilados por Brookings, el saldo negativo es de entre 10.000 y 250.000 personas y se prevé que 2026 siga esa tendencia. A las deportaciones masivas —los datos oficiales apuntan a que fueron 605.000 hasta diciembre, pero estos son imposibles de verificar— se suma el cierre de la frontera, la cancelación de los programas de refugiados y de asilo, la prohibición de entrada de los ciudadanos de ciertos países y el endurecimiento o suspensión de visados.
Estados Unidos se aleja del sueño americano. Muchos extranjeros prefieren no llegar o incluso autodeportarse, a pesar de que esto suponga enterrar la vida que construyeron en el país que creían que les daba la bienvenida. La cruzada antiinmigrante lanzada desde la Casa Blanca desde el primer día del segundo mandato de Trump ha llevado el terror a las calles del país, donde los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por las siglas en inglés) y de la Patrulla Fronteriza, ocultos detrás de máscaras, realizan redadas en cualquier lugar, dejando tras de sí imágenes dramáticas de persecuciones, detenciones brutales, allanamiento de residencias y separaciones de familias.






