Rincones literarios, museos y restaurantes reciben al turista que decide descubrir la capital noruega durante el invierno, mostrando una ciudad tranquila que deslumbra con los colores del atardecer sobre el fiordo

En Oslo, desde mediados de noviembre, la temperatura comienza a situarse por debajo de los cero grados. Las horas de luz son escasas, entre seis y ocho, y el turismo busca otras ciudades más cálidas y luminosas como destino para pasar el invierno. Pero más allá de

"_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/elviajero/2018/11/13/actualidad/1542113059_666738.html" data-link-track-dtm="">las auroras boreales, el gran atractivo turístico de Noruega, la capital del país ofrece al viajero valiente una ciudad sin aglomeraciones, donde la luz naranja vibrante del atardecer se cuela por cada rincón mientras se pasea buscando uno de los muchos refugios culturales donde calentarse.

Uno de los principales atractivos de Oslo es el Museo Munch, joya arquitectónica firmada por Juan Herreros inaugurada en su nueva ubicación en el año 2021 (antes se encontraba en el barrio de Tøyen). De día, es un elegante edificio de hormigón, recubierto por una fachada de aluminio perforado translúcido situado en el puerto. Una construcción inclinada de 13 de plantas con vistas al fiordo de Oslo que se mimetiza con otros edificios culturales de la zona, como la Ópera, a cuyos empleados se puede ver trabajando en los trajes y las pelucas a través de sus ventanales. De noche, el museo se ilumina reclamando la mirada del visitante, invitándole a pasar y refugiarse del frío tomando un café con una de sus famosas scream cookies o disfrutar de la colección que el pintor Edvard Munch dejó a la ciudad en 1940.