El cine, como las novelas, existen para que alguien los disfrute

Titulo esta columna igual que la cuarta novela de Alberto Olmos (publicada en Lengua de Trapo en 2007). En ella narra, a través de la vida del joven violinista Mario Sut, qué es eso del talento (el que tienen otros, por supuesto). En una parte de la novela en el entorno de Mario alguien decide hacer una película. Todo son buenas intenciones, ideas felices sin una sola noción técnica para apoyarlas. ...

Es risible y doloroso a un tiempo, porque creo que todos hemos tenido cerca algún grupo de diletantes con planes mayestáticos para hacer una película llamada a romper el sistema. Todas las ideas que vomitaban los personajes en la novela de Olmos parecían haber sido dichas de viva voz en algún momento (“esto lo tiene que haber oído en algún lado”, pensaba al leerla). Ese tipo de películas, cuando se hacen, son un festival de problemas técnicos: planos sobreexpuestos, sonido deficiente, personajes cortados por los tobillos, atardeceres traicioneros, perros inoportunos, y muchísimo gotelé, tanto en las paredes como en las almas. Eso por no hablar de las interpretaciones. En una de cada siete casas hay un VHS con un cortometraje de esta ralea.