Dictaduras como la de Ortega en Nicaragua hacen que se aplaudan las intervenciones extranjeras

Se dice que la soberanía reside en los pueblos, en sus derechos al dominio territorial y a la libertad para gobernarse. Lo que ha pasado en Venezuela con la remoción por parte de EE UU de Nicolás Maduro y su esposa ha puesto sobre la mesa una de las contradicciones sin respuesta en el mundo. ¿Qué pasa cuando la soberanía de un pueblo es confiscada por tiranos? ¿Qué se hace cuando éstos convierten sus países en cárceles para sus conciudadanos y les impiden la libertad en una constante violación a sus derechos humanos? ¿Qué se hace cuando todas las alternativas democráticas de cambio de régimen dejan de funcionar y el tirano se enquista en el poder ilegítimamente?

¿Quién defiende a quienes tienen la desgracia de estar entrampados en países donde se les hace imposible vivir?

Como nicaragüense he vivido el derrocamiento de un tirano en 1979 a través de la única alternativa que teníamos entonces: la lucha armada. También he visto a una revolución consolidada entregar el poder a pesar de poseer todos los medios para conservarlo, como sucedió en Nicaragua en 1990 cuando el sandinismo cedió el poder a Violeta Chamorro. Irónicamente, he visto también el retorno de un viejo guerrillero sandinista al poder en el 2007 a través de elecciones, y lo he visto convertirse en tirano para no tener que ceder el poder nunca más. Él y su mujer actúan ahora como monarcas del país con un poder absoluto sostenido por la fuerza de las armas y una represión de gran calibre que impide a sus ciudadanos cualquier alternativa para desalojarlos del poder.