Un aviador de 1793, una farmacia de 1725 y un museo dedicado al olfato. Sorpresas de una ruta por el sudeste de la provincia de Burgos, donde también asoma el gran yacimiento romano de Clunia Sulpicia

La noche del 17 de mayo de 1793, un vecino de Coruña del Conde se subió a lo más alto del cerro del castillo y se lanzó al vacío pilotando un avioncejo que había construido con hierro, madera y plumas de aves rapaces. Diego Marín Aguilera, que así se llamaba el ingenioso burgalés, voló —bajito, pero voló— 431 varas castellanas, unos 360 metros, y no lo hizo más porque se rompió el anclaje de un ala, porque sus paisanos quemaron enseguida el invento y porque la Inquisición bendijo en diferido la chamusquina. Hoy un monumento homenajea a aquel pionero de la aviación castellana a la entrada del pueblo y lo hace nada meno...

s que frente a una estatua del Cid, que también pasó volando por aquí en 1081, camino del destierro. Claro, que el Campeador lo hizo a caballo y cuando Coruña del Conde, en la comarca de la Ribera del Duero, aún no se llamaba así, sino Cluña, Crunnia, Crunna, Cruña o Curuña, nombres todos derivados de Clunia Sulpicia, la importante ciudad romana cuyos restos alfombran otro cerro que hay al noreste de la población, el alto de Castro.