El conjunto de Míchel gobernó de inicio para sufrir al final con el arrebato blanquiazul

En un deporte que arrastra tanta pasión como mercantilismo, que exige resultados e inmediatez, el Espanyol y el Girona han llevado la contraria a la lógica impuesta para explicar que la paciencia puede ser la mejor de las recetas. En su momento puesto en tela de juicio y casi despedido, el Espanyol —entonces con Chen en la presidencia— decidió confiar en Manolo González, que salvó el pasado curso y ahora flirtea con Europa. Tampoco dio señales de duda el Girona con Míchel cuando al inicio de este ejercicio se hundió en el fango, ahora liberado de la condena. Y los dos, consecuentes con su ideario, plantearon en Cornellà el fútbol que les ha definido hasta el momento. Aunque anoche, por más que se repartieran la gloria por partes, la victoria se la llevó el Girona de penaltis.

Antes de eso, se evidenció la rivalidad enconada de nuevo cuño entre las aficiones por eso de ser el segundo mejor equipo de Cataluña —no por historia, donde el Espanyol no tiene rival—, ya que se las tuvieron antes de empezar, acordándose unos de otros de las madres rivales, separados por una frontera de policías que evitaron el desastre. Ya dentro en el estadio, no mermó la tensión, al punto que desde la megafonía advirtieron a los visitantes que, de seguir lanzando objetos, serían desterrados. Incidentes que tampoco pasaron a mayores, focalizados en el rodar del balón, quizá adormilados por la nana triunfal que cantó de inicio el Girona con la pelota.