Trump lleva dentro un magnate y seguramente cuando mira un mapa ve algo más parecido a un catálogo inmobiliario

Donald Trump es un visionario, lleva dentro un magnate inmobiliario, no lo puede evitar. En su caso, es casi una cuestión genética porque heredó la condición —de magnate— de su padre, Fred Trump, y eso siempre deja huella. De hecho, cambió el negocio de la promoción inmobiliaria, de la compra y venta de propiedades y terrenos, de la financiación de las obras y la gestión del suelo por el negocio de la política cuando llegó a la Casa Blanca por primera vez, en enero de 2017. Y ahí sigue nueve años después. Seguramente por eso cuando el presidente de Estados Unidos mira el mapa del mundo ve algo distinto de lo que vemos el resto de los mortales, algo más parecido a un catálogo inmobiliario, lleno de oportunidades de inversión. Como cuando se propuso hacer de la Gaza bombardeada y masacrada por Israel un resort turístico de lujo y difundió un dosier con imágenes creadas por inteligencia artificial para recrear la futura Riviera de Oriente Próximo. Hay que ponerle mucho empeño y tener madera de magnate para ver la oportunidad de negocio entre tanto escombro y tanto campamento de refugiado. De ahí que ahora le haya resultado tan fácil poner precio a la última propiedad a la que le ha echado el ojo: Groenlandia.