Ambas series retratan la América de Trump, que no es exactamente de Trump porque siempre ha estado ahí, solo necesitaba que alguien la validase, que alguien le dijese que está bien ser malo, que puedes —y debes— enorgullecerte de usar el poder para pisotear a los demás
Cuando se estrenó Todas las de la ley, fue noticia, por inusual, que The Guardian le diese cero estrellas. No sé si eran justas porque ya no pierdo el tiempo con las ocurrencias de
as/ryan-murphy/" data-link-track-dtm="">Ryan Murphy, pero con ese baremo de lo que es noticiable deberían haberlo sido también las cinco que el mismo medio le ha adjudicado a Las esposas cazadoras (Netflix). “La serie más basura de la historia”, han escrito. “Mierda de la buena”, dije yo a mis amigas cuando se la recomendé. Me la puse de fondo en lo que esperaba fuese una plácida siesta dominical y cuatro horas después había ventilado la mitad de la temporada y tenía los ojos como un tarsero. A ver quién puede resistirse a todos los clichés de Texas: armas, sheriffs corruptos, alcohol —podría vivir en esas copas de margarita— y sexo a mansalva. También hay cuerpos recauchutados, actuaciones penosas y un reflejo poco sofisticado de la América de Trump. Que no es exactamente de Trump porque siempre ha estado ahí, solo necesitaba que alguien la validase, que alguien le dijese que está bien ser malo, que puedes —y debes— enorgullecerte de usar el poder para pisotear a los demás.






