Quizá por una vez hay que leer lo que nos dicen los líderes de Estados Unidos, creerlo incluso: que sigue siendo un país poderoso, pero ya no el amo de la Tierra

El mundo —si es que existiera “el mundo”— se ha sacudido en estos días porque el desaforado presidente norteamericano mandó secuestrar a un colega suyo y ahora dice que

://elpais.com/internacional/2026-01-14/trump-ve-inaceptable-cualquier-opcion-que-no-pase-por-la-anexion-de-groenlandia-a-estados-unidos.html" data-link-track-dtm="">quiere ocupar los dos millones de kilómetros cuadrados más fríos de la Tierra y si acaso, para compensar, alguna isla tropical. Así que nos declaramos —e incluso nos sentimos— sorprendidos y asustados por esta muestra de poder que lanzó en estos días estos Estados Unidos. Pero quizá nos equivoquemos y todo esto sea una muestra brutal de su nueva impotencia.

Tendría sentido. Hace un mes el Gobierno del señor Trumpf —el apellido de sus ancestros alemanes— publicó un documento excepcional: su 2025 National Security Strategy acepta –¿anuncia?– el fin de la hegemonía mundial de su país.

Lo hace en sus términos, por supuesto. Al principio la diatriba se presenta con la prepotencia acostumbrada: “Para que América siga siendo el país más fuerte, más rico, más poderoso y más exitoso del mundo en las próximas décadas necesita una estrategia coherente y centrada para definir cómo interactuamos con el mundo”. Y entonces, de repente, llega la confesión: “Tras el fin de la Guerra Fría, las élites de la política exterior estadounidense se convencieron de que la dominación permanente del mundo entero era lo mejor para los intereses de nuestro país (…)”, dice el documento oficialísimo, pero que ya no debe ser así. Para dejarlo claro, un mito heleno: “Aquellos días en que Estados Unidos sostenía sobre sus espaldas, como Atlas, todo el orden mundial, ya terminaron”.